miércoles, 9 de junio de 2010

Un año después de los 45 días... (a propósito de las elecciones de Decano en Derecho)


Amigas y Amigos:

Mañana, a esta hora, ya sabremos el resultado de una de las elecciones de Decano más polémicas que ha vivido nuestra Facultad. El Claustro Académico decidirá entre Cecilia Medina y Roberto Nahum. Uno de ellos se transformará, por cuatro años, en la máxima autoridad del espacio en el cual pasamos gran parte de nuestros días.

Hay realidades que no se pueden desconocer. Hace un año nos encontrabamos en medio de un conflicto estudiantil que terminó con la renuncia de Nahum. Hace algo más que un año votamos un petitorio histórico, con una serie de demandas académicas y de democracia interna, que incluía la necesidad de recambio en la administración por no otorgar garantías al tan esperado proceso de reformas. Pero las cosas no son estáticas ni las verdades son únicas: ha pasado el tiempo, hemos conocido el cómo funciona la Escuela y nos hemos dado cuenta de que detrás de aquel conflicto no solo estaban los legítimos intereses de muchos de nosotros, sino también un entramado de poder, de hegemonías de ciertos grupos de profesores y de tácticas políticas por parte de quienes conducieron la movilización que ciertamente empañan lo que a muchos nos movió a estar más de 45 días dentro de la Facultad, manchando también el espíritu de aquel lienzo que colgó todo ese tiempo de nuestro frontis y que decía "Chile: esta es tú Universidad".

Y es que Chile bien poco ha sabido de nosotros. Hemos estado concentrados en demandas gremiales y hemos gastado muchas de nuestras energías jugando a un juego de ajedrez que no nos pertenece. Hoy, algunos estudiantes y grupos políticos (Estudiantes Autónomos, Colectivo Arrebol, NODO y el Grupo Universitario Radical) nos han intentado decir que en Cecilia Medina se encuentra la "esperanza" de los Estudiantes, llegando al punto de organizar un referéndum simbólico con el objetivo de darle materialidad al discurso de que Medina es "la candidata de los estudiantes". Sin embargo, lamentablemente hemos podido apreciar como la disputa entre ambas candidaturas no posee ningún carácter ideológico ni político que pudiera servir como argumento válido para un eventual apoyo estudiantil. La lucha de poder entre ambas candidaturas obedece a disputas históricas, de caudillismos y personalismos que se repiten casi cíclicamente. Dos bandos en pugna que se han enfrentado durante las últimas décadas y que son, en conjunto, responsables tanto de lo bueno como de los muchos puntos negros que hoy exhibe nuestra Facultad.

Ante eso, muchos hemos entendido que nuestro desafío es la construcción estudiantil. Que nuestras demandas deberán ser planteadas y defendidas con igual fuerza tanto frente a Medina como frente a Nahum. Que debemos luchar levantando siempre nuestras banderas, no las banderas de otros. Pues ni siquiera el Decano (s) Ortiz, mandatado expresamente para dar curso al proceso de reforma, fue capaz de llevarlo adelante. La fuerza de nuestras demandas dependerá de la fuerza que nosotros mismos decidamos darle, haciendo caso omiso de cualquier tipo de instrucción que un grupo de profesores que se autoatribuye la propiedad de la verdad puedan darnos.

Por otra parte, resulta fundamental abandonar la política abiertamente gremialista que se apoderó de nuestra Facultad y que fue el sustento de la toma del año pasado. Mientras nos miramos el ombligo sin parar hay muchos problemas que ocurren fuera de las rejas de Pío Nono y ante los cuales nuestra Facultad podría realizar un tremendo aporte a partir del trabajo de sus Estudiantes. Esos desafíos deben convocarnos, partiendo de la base de la rearticulación de nuestra propia fuerza en función al peso histórico que tenemos y a lo que ciertamente podemos aportar hoy por hoy a nuestra sociedad.

A respetar el resultado de las elecciones de mañana. Ni Medina ni Nahum tienen en sus mentes ser los promotores de nuestras ideas. Con Medina o con Nahum tendremos que luchar, de igual manera, por un futuro mejor para todos.


Un Abrazo,

miércoles, 3 de marzo de 2010

¿Y si la UDI se transformara en partido único?: sobre nuestro próximo ministro de Educación.


Que el próximo ministro de Educación sea militante de la UDI, ex colaborador del gobierno militar, miembro activo del Opus-Dei y fundador de una Universidad privada –de esas de la “cota mil”- es un tremendo revés para quienes nos consideramos parte de las tan manoseadas “fuerzas progresistas”: esas que creen en la democracia (no como un mero estado constitucional sino como una construcción constante), la tolerancia y la necesidad de vivir en una sociedad más justa y fraterna, que se dedique –entre otras cosas- a fortalecer de manera decidida la Educación Pública, entendiendo que esta es la única vía para comenzar a construir un país verdaderamente equitativo e inclusivo. Lamentable, entonces, resulta observar como en la opinión pública no se generó un cuestionamiento masivo ante dicho nombramiento. Tampoco vimos una gran cantidad de declaraciones combativas que cuestionaran esta designación.

Y Claro, ante los ojos del chileno promedio, las cosas parecen atenuarse si recordamos que la UDI es el partido más grande de Chile y que Joaquín Lavín, una de sus mas relevantes figuras políticas, estuvo muy –pero muy- cerca de ser nuestro presidente. Entonces, aquel miembro del “Opus”, y de igual forma su partido, deja de ser un bicho raro que hace carne un pensamiento político-social minoritario y extremista para transformarse en lo que configura una simbología cercana, amena y que parece realmente inofensiva. Si Lavín, al fin y al cabo, es un tipo simpático, que mandaba a bombardear las nubes para que lloviera, que construía piscinas públicas en verano y que traía la nieve en invierno. ¡Si la UDI es el partido con más diputados!, si en la mayoría de las casas de barrio hay algún simpático accesorio estampado con la cara del candidato del “partido popular”.

¿Qué daño podría hacer Lavín desde el MINEDUC? ¿Qué diferencias pueden encontrarse entre Mónica Jiménez y el nuevo ministro?... ¡Si hasta Carlos Larraín dijo que le gustaría haber mantenido a la ministra DC en su cargo! Y ahí está el problema. Resulta que la derecha supo muy bien como dejar el camino amarrado cuando se despidió del poder hace 20 años y como publicitar su legado y su “onda” renovada durante todo este tiempo. El resultado: nos acostumbramos a vivir en un país que ostenta una desigualdad aterradora, en el que las Universidades del Estado son financiadas por el mercado, en donde las mineras están dejando sin agua a las plantas y a las personas porque el agua es considerada un bien transable de igual forma que un chocolate, regido por una Constitución dictatorial, en el cual te obligan a cotizar en una empresa privada –que se dedica a lucrar- para poder obtener una pensión en la vejez y en donde el sistema binominal no permite una verdadera competencia política y no premia a los realmente vencedores. Y lo peor de todo es que no solamente nos acostumbramos a vivir en este país, sino que además nos parece que es lo más normal del mundo. Incluso, en ocasiones, nos compramos el cuento de que somos líderes en el continente y de que toda Latinoamérica debiera seguir nuestras políticas para poder superar el estado selvático y subnormal en el que vive.

Por otra parte, durante toda la “transición”, la Concertación –si bien supo mantener las cosas que andaban bien y maquillar con algunas reformas los puntos mas débiles del sistema- nunca tuvo la voluntad política de poner en la palestra y luchar decididamente por cambiar alguna de las aberraciones de las que hablaba mas arriba (y digo aberraciones porque incluso para los países de la OCDE resulta inverosímil que, por ejemplo, nuestra querida Universidad de Chile sea financiada solo en un 14% con fondos públicos), mas allá de utilizarlas como elemento discursivo en los momentos cercanos a las elecciones. La urgencia puesta a las reformas laborales días antes de la elección de 1999, el reciente episodio de las “leyes MEO” o el hecho de que recién ahora –cuando quedan días para traspasar el poder- se den cuenta de lo necesario y urgente que resulta crear una AFP Estatal son pruebas contundentes de lo anterior. Hacerse cargo de estos problemas solo cuando se pueden obtener beneficios electorales –sabiendo que en dichos momentos no existe posibilidad alguna de avanzar en su solución- y olvidarse de ellos cuando se está en pleno ejercicio del poder es, simplemente, una burla a la ciudadanía.

En el ámbito educacional es quizá donde podemos notar con mas fuerza lo bien que la derecha ha hecho su trabajo durante estos años y lo débil que las fuerzas de izquierda de la Concertación fueron para hacerles contrapeso. Hoy, al volver al poder, se encontrarán nuevamente con la educación municipalizada; con la Chile sin sedes regionales y sin Pedagógico; con organizaciones estudiantiles y sindicales debilitadas; con Universidades privadas lucrando –contra ley- de forma descarada y recibiendo recursos públicos mientras las Universidades del Estado deben mantenerse a costa de los aranceles, las prestaciones de servicios y los mecenas privados; etc. Y –como si fuera poco- se encontrarán con algunas creativas innovaciones que, seguramente, no les vendrán nada de mal: el financiamiento compartido encumbrándose como la principal fuente de matrículas del sistema escolar y un Fondo Solidario debilitado que trae –a cambio- una nueva propuesta crediticia avalada por el Estado pero manejada por los privados, con mas intereses y mas ganancias para los bancos.

¿De qué podrá quejarse la derecha? ¿De qué podrá quejarse Lavín? ¿Cómo no sentir simpatía por él, que es un experto en administrar y potenciar este lindo sistema en el que nos ha tocado vivir? Tal vez lo puede administrar mejor, pensarán algunos.
La derecha, con muchos recursos –y con algo de ayuda de la Concertación- se ha encargado de hacernos creer que pensar como piensa la UDI, pertenecer al Opus Dei, haber colaborado con el régimen militar y haber fundado una Universidad privada es lo más normal del mundo. Es mas, es digno de ser destacado. Tal vez por eso el nombramiento de Lavín ha producido más risas y simpatía que un acérrimo y decidido rechazo.

Los próximos cuatro años deben servir para despertarnos, para volver a sentir que convivimos día a día con realidades que debemos cambiar y por las cuales debemos trabajar. Que no es normal que la Educación Pública se esté cayendo a pedazos. Que ese no es el camino de los “países exitosos”. Solo de esta forma podremos darnos cuenta de lo triste que es –y la derrota que implica- que alguien como Joaquín Lavín sea nuestro próximo ministro de Educación.

Y mis sinceras felicitaciones a todos los que se sienten parte de la derecha chilena. Realmente, lo han hecho muy bien. Si hoy la UDI se transformara en partido único, probablemente, muy pocas cosas cambiarían.

El país del orden se nos cae a pedazos


Ciertamente impactan las imágenes de violencia, saqueo y robos que han sido protagonistas –junto con la angustia y la desesperación de las víctimas- de la agenda noticiosa relativa a la catástrofe vivida en nuestro país. Tan solo a un día de producido el terremoto podíamos apreciar “en directo” como una turba de personas saqueaba un supermercado Líder en Concepción, llevando desde artículos de primera necesidad hasta lavadoras y refrigeradores.

La misma postal comenzaba a repetirse en medio de las zonas más afectadas e incluso en aquellas que podían enorgullecerse de estar cercanas a la normalidad. Jóvenes arrancando con plasmas, tiendas incendiadas, asaltos en viviendas. Algo había que hacer, alcaldes y otras autoridades pedían más refuerzos en sus zonas y el gobierno respondía declarando Estado de Catástrofe y, luego, Estado de Sitio en las zonas más golpeadas. En general, la opinión pública comenzaba a condenar el “vandalismo y pillaje” que distaba bastante de ser producto de la necesidad y el sufrimiento de los damnificados. Tal y como lo podemos apreciar en algunos grupos de facebook, no es difícil estar de acuerdo en que nadie se alimenta con un televisor, se abriga con una lavadora o se refugia con un perfume.

Pero, entonces, ¿Qué pasó con el país ejemplar, pulcro, ordenado y que dictaba cátedra en la región y en el mundo sobre como se deben hacer las cosas? Claramente, ante una catástrofe de tal magnitud muchas veces los buenos modales y la buena conducta pasan a ser parte del recuerdo. Es una reacción normal, estamos en un estado de emergencia. Pero tampoco debemos olvidar que es justamente en medio de las derrotas y de las tragedias cuando el ser humano puede verse a sí mismo tal cual es. De igual forma lo hacen las sociedades.

Hemos vivido por mucho tiempo en un país que tiene dos caras, separadas por un abismo de hipocresía, mentiras y falsa publicidad. Por una parte, el país del orden: ese en el que para informarnos se encuentran “La Tercera” y “El Mercurio” y para reírnos “La Cuarta” y “LUN”, pertenecientes a solo dos consorcios periodísticos que tienen idéntica línea de pensamiento. Lo que en cualquier otro país sería una ofensa contra la libertad de expresión y de información aquí es considerado normal: ¿Para qué necesitamos fuentes alternativas y críticas de información si Chile es un país capaz de llegar a consensos? En el país del orden hay una sola verdad, y eso debería enorgullecernos. No tenemos necesidad de fomentar medios alternativos, porque en nuestro desarrollado Chile no existen verdades alternativas.

Ese mismo país del orden ha sido gobernado desde hace 20 años por solo dos coaliciones políticas. Sus procesos eleccionarios son ejemplares y destacados por la prensa extranjera. Y los analistas dan a conocer que el principal logro de nuestra democracia es haber sido capaces de disminuir las diferencias ideológicas y de conformar estas dos coaliciones que mucho más se parecen en la forma que en el fondo. ¡Eso es democracia moderna! Al estilo puro de los EE.UU., qué mejor.

Y la gente vive feliz en este país del orden. No tienen necesidad de sindicalizarse porque han entendido como funciona el modelo y ya saben como sacar el máximo provecho de éste. Cada uno preocupado de ensanchar sus cuentas de capitalización individual y de pagar al día sus compromisos financieros. Si no tienen plata están condenados a que sus hijos estudien en un colegio municipal, pero como cada día la “clase media” es más grande, cada día también es más grande la matrícula en los particulares subvencionados, la solución perfecta para que reciban una educación medianamente decente pero a la vez lo suficientemente alejada de la educación privada como para poder reproducir las desigualdades y los privilegios de los dueños de esta ejemplar patria.

¡Que bello es este país! Las opciones no son muchas, es cierto. Solo tengo dos diarios que comprar, dos coaliciones por las que votar, un modelo que debo admirar y un tipo de colegio al que mis hijos están obligados a ir. Pero bueno, al fin y al cabo eso implica que hemos sido capaces de llegar a importantes consensos, que ya no hay muchas cuestiones que debatir y que debemos sentirnos orgullosos de habitar una patria tan prístina y ordenada. Además, al final del día puedo disfrutar viendo televisión en el plasma que me compré con mi tarjeta de crédito.

Pero debajo de aquel idílico país se encuentra, humilde y acallado, el país real. El país que día a día deben enfrentar la mayor parte de los chilenos. Ese país que quiere organizarse, que quiere sindicalizarse, que quiere leer otros periódicos y votar por otros partidos. Ese país que está cansado de ver que la educación y la salud públicas simplemente no funcionan, que está cansado de sacar todos los meses una nueva tarjeta de crédito para pagar las deudas que tiene con las anteriores. Ese que guarda dentro de sí una profunda indignación y una acumulación latente de rabia por que las desigualdades siguen aumentando cada día.

Es que no hay ningún país, ni siquiera nuestro país del orden, que resista al tener que convivir con desigualdades sociales tan aberrantes e indignantes como las que muestra nuestro Chile. Esa convivencia entre dos realidades no es sana y no nos llevará a buen puerto. Desde el país del orden podrán mandar carabineros, tropas y armamento. Tal vez las bestias se calmen por un rato, pero pronto aprovecharán un nuevo estado de convulsión para hacerse notar, y lo van a hacer cada vez con más fuerza.

Chile vive un momento trágico. Que duda cabe, es imperioso ayudar, hay que hacer donaciones y prestarse como voluntario para solucionar las necesidades más urgentes. Pero también es tiempo de reflexionar y de vernos tal cual somos. Sería bueno que junto con la reconstrucción material nos embarquemos en la reconstrucción de nuestra sociedad. Solo de esa forma podremos disfrutar de verdadera “paz social”.