
Que el próximo ministro de Educación sea militante de la UDI, ex colaborador del gobierno militar, miembro activo del Opus-Dei y fundador de una Universidad privada –de esas de la “cota mil”- es un tremendo revés para quienes nos consideramos parte de las tan manoseadas “fuerzas progresistas”: esas que creen en la democracia (no como un mero estado constitucional sino como una construcción constante), la tolerancia y la necesidad de vivir en una sociedad más justa y fraterna, que se dedique –entre otras cosas- a fortalecer de manera decidida la Educación Pública, entendiendo que esta es la única vía para comenzar a construir un país verdaderamente equitativo e inclusivo. Lamentable, entonces, resulta observar como en la opinión pública no se generó un cuestionamiento masivo ante dicho nombramiento. Tampoco vimos una gran cantidad de declaraciones combativas que cuestionaran esta designación.
Y Claro, ante los ojos del chileno promedio, las cosas parecen atenuarse si recordamos que la UDI es el partido más grande de Chile y que Joaquín Lavín, una de sus mas relevantes figuras políticas, estuvo muy –pero muy- cerca de ser nuestro presidente. Entonces, aquel miembro del “Opus”, y de igual forma su partido, deja de ser un bicho raro que hace carne un pensamiento político-social minoritario y extremista para transformarse en lo que configura una simbología cercana, amena y que parece realmente inofensiva. Si Lavín, al fin y al cabo, es un tipo simpático, que mandaba a bombardear las nubes para que lloviera, que construía piscinas públicas en verano y que traía la nieve en invierno. ¡Si la UDI es el partido con más diputados!, si en la mayoría de las casas de barrio hay algún simpático accesorio estampado con la cara del candidato del “partido popular”.
¿Qué daño podría hacer Lavín desde el MINEDUC? ¿Qué diferencias pueden encontrarse entre Mónica Jiménez y el nuevo ministro?... ¡Si hasta Carlos Larraín dijo que le gustaría haber mantenido a la ministra DC en su cargo! Y ahí está el problema. Resulta que la derecha supo muy bien como dejar el camino amarrado cuando se despidió del poder hace 20 años y como publicitar su legado y su “onda” renovada durante todo este tiempo. El resultado: nos acostumbramos a vivir en un país que ostenta una desigualdad aterradora, en el que las Universidades del Estado son financiadas por el mercado, en donde las mineras están dejando sin agua a las plantas y a las personas porque el agua es considerada un bien transable de igual forma que un chocolate, regido por una Constitución dictatorial, en el cual te obligan a cotizar en una empresa privada –que se dedica a lucrar- para poder obtener una pensión en la vejez y en donde el sistema binominal no permite una verdadera competencia política y no premia a los realmente vencedores. Y lo peor de todo es que no solamente nos acostumbramos a vivir en este país, sino que además nos parece que es lo más normal del mundo. Incluso, en ocasiones, nos compramos el cuento de que somos líderes en el continente y de que toda Latinoamérica debiera seguir nuestras políticas para poder superar el estado selvático y subnormal en el que vive.
Por otra parte, durante toda la “transición”, la Concertación –si bien supo mantener las cosas que andaban bien y maquillar con algunas reformas los puntos mas débiles del sistema- nunca tuvo la voluntad política de poner en la palestra y luchar decididamente por cambiar alguna de las aberraciones de las que hablaba mas arriba (y digo aberraciones porque incluso para los países de la OCDE resulta inverosímil que, por ejemplo, nuestra querida Universidad de Chile sea financiada solo en un 14% con fondos públicos), mas allá de utilizarlas como elemento discursivo en los momentos cercanos a las elecciones. La urgencia puesta a las reformas laborales días antes de la elección de 1999, el reciente episodio de las “leyes MEO” o el hecho de que recién ahora –cuando quedan días para traspasar el poder- se den cuenta de lo necesario y urgente que resulta crear una AFP Estatal son pruebas contundentes de lo anterior. Hacerse cargo de estos problemas solo cuando se pueden obtener beneficios electorales –sabiendo que en dichos momentos no existe posibilidad alguna de avanzar en su solución- y olvidarse de ellos cuando se está en pleno ejercicio del poder es, simplemente, una burla a la ciudadanía.
En el ámbito educacional es quizá donde podemos notar con mas fuerza lo bien que la derecha ha hecho su trabajo durante estos años y lo débil que las fuerzas de izquierda de la Concertación fueron para hacerles contrapeso. Hoy, al volver al poder, se encontrarán nuevamente con la educación municipalizada; con la Chile sin sedes regionales y sin Pedagógico; con organizaciones estudiantiles y sindicales debilitadas; con Universidades privadas lucrando –contra ley- de forma descarada y recibiendo recursos públicos mientras las Universidades del Estado deben mantenerse a costa de los aranceles, las prestaciones de servicios y los mecenas privados; etc. Y –como si fuera poco- se encontrarán con algunas creativas innovaciones que, seguramente, no les vendrán nada de mal: el financiamiento compartido encumbrándose como la principal fuente de matrículas del sistema escolar y un Fondo Solidario debilitado que trae –a cambio- una nueva propuesta crediticia avalada por el Estado pero manejada por los privados, con mas intereses y mas ganancias para los bancos.
¿De qué podrá quejarse la derecha? ¿De qué podrá quejarse Lavín? ¿Cómo no sentir simpatía por él, que es un experto en administrar y potenciar este lindo sistema en el que nos ha tocado vivir? Tal vez lo puede administrar mejor, pensarán algunos.
La derecha, con muchos recursos –y con algo de ayuda de la Concertación- se ha encargado de hacernos creer que pensar como piensa la UDI, pertenecer al Opus Dei, haber colaborado con el régimen militar y haber fundado una Universidad privada es lo más normal del mundo. Es mas, es digno de ser destacado. Tal vez por eso el nombramiento de Lavín ha producido más risas y simpatía que un acérrimo y decidido rechazo.
Los próximos cuatro años deben servir para despertarnos, para volver a sentir que convivimos día a día con realidades que debemos cambiar y por las cuales debemos trabajar. Que no es normal que la Educación Pública se esté cayendo a pedazos. Que ese no es el camino de los “países exitosos”. Solo de esta forma podremos darnos cuenta de lo triste que es –y la derrota que implica- que alguien como Joaquín Lavín sea nuestro próximo ministro de Educación.
Y mis sinceras felicitaciones a todos los que se sienten parte de la derecha chilena. Realmente, lo han hecho muy bien. Si hoy la UDI se transformara en partido único, probablemente, muy pocas cosas cambiarían.

