
Ciertamente impactan las imágenes de violencia, saqueo y robos que han sido protagonistas –junto con la angustia y la desesperación de las víctimas- de la agenda noticiosa relativa a la catástrofe vivida en nuestro país. Tan solo a un día de producido el terremoto podíamos apreciar “en directo” como una turba de personas saqueaba un supermercado Líder en Concepción, llevando desde artículos de primera necesidad hasta lavadoras y refrigeradores.
La misma postal comenzaba a repetirse en medio de las zonas más afectadas e incluso en aquellas que podían enorgullecerse de estar cercanas a la normalidad. Jóvenes arrancando con plasmas, tiendas incendiadas, asaltos en viviendas. Algo había que hacer, alcaldes y otras autoridades pedían más refuerzos en sus zonas y el gobierno respondía declarando Estado de Catástrofe y, luego, Estado de Sitio en las zonas más golpeadas. En general, la opinión pública comenzaba a condenar el “vandalismo y pillaje” que distaba bastante de ser producto de la necesidad y el sufrimiento de los damnificados. Tal y como lo podemos apreciar en algunos grupos de facebook, no es difícil estar de acuerdo en que nadie se alimenta con un televisor, se abriga con una lavadora o se refugia con un perfume.
Pero, entonces, ¿Qué pasó con el país ejemplar, pulcro, ordenado y que dictaba cátedra en la región y en el mundo sobre como se deben hacer las cosas? Claramente, ante una catástrofe de tal magnitud muchas veces los buenos modales y la buena conducta pasan a ser parte del recuerdo. Es una reacción normal, estamos en un estado de emergencia. Pero tampoco debemos olvidar que es justamente en medio de las derrotas y de las tragedias cuando el ser humano puede verse a sí mismo tal cual es. De igual forma lo hacen las sociedades.
Hemos vivido por mucho tiempo en un país que tiene dos caras, separadas por un abismo de hipocresía, mentiras y falsa publicidad. Por una parte, el país del orden: ese en el que para informarnos se encuentran “La Tercera” y “El Mercurio” y para reírnos “La Cuarta” y “LUN”, pertenecientes a solo dos consorcios periodísticos que tienen idéntica línea de pensamiento. Lo que en cualquier otro país sería una ofensa contra la libertad de expresión y de información aquí es considerado normal: ¿Para qué necesitamos fuentes alternativas y críticas de información si Chile es un país capaz de llegar a consensos? En el país del orden hay una sola verdad, y eso debería enorgullecernos. No tenemos necesidad de fomentar medios alternativos, porque en nuestro desarrollado Chile no existen verdades alternativas.
Ese mismo país del orden ha sido gobernado desde hace 20 años por solo dos coaliciones políticas. Sus procesos eleccionarios son ejemplares y destacados por la prensa extranjera. Y los analistas dan a conocer que el principal logro de nuestra democracia es haber sido capaces de disminuir las diferencias ideológicas y de conformar estas dos coaliciones que mucho más se parecen en la forma que en el fondo. ¡Eso es democracia moderna! Al estilo puro de los EE.UU., qué mejor.
Y la gente vive feliz en este país del orden. No tienen necesidad de sindicalizarse porque han entendido como funciona el modelo y ya saben como sacar el máximo provecho de éste. Cada uno preocupado de ensanchar sus cuentas de capitalización individual y de pagar al día sus compromisos financieros. Si no tienen plata están condenados a que sus hijos estudien en un colegio municipal, pero como cada día la “clase media” es más grande, cada día también es más grande la matrícula en los particulares subvencionados, la solución perfecta para que reciban una educación medianamente decente pero a la vez lo suficientemente alejada de la educación privada como para poder reproducir las desigualdades y los privilegios de los dueños de esta ejemplar patria.
¡Que bello es este país! Las opciones no son muchas, es cierto. Solo tengo dos diarios que comprar, dos coaliciones por las que votar, un modelo que debo admirar y un tipo de colegio al que mis hijos están obligados a ir. Pero bueno, al fin y al cabo eso implica que hemos sido capaces de llegar a importantes consensos, que ya no hay muchas cuestiones que debatir y que debemos sentirnos orgullosos de habitar una patria tan prístina y ordenada. Además, al final del día puedo disfrutar viendo televisión en el plasma que me compré con mi tarjeta de crédito.
Pero debajo de aquel idílico país se encuentra, humilde y acallado, el país real. El país que día a día deben enfrentar la mayor parte de los chilenos. Ese país que quiere organizarse, que quiere sindicalizarse, que quiere leer otros periódicos y votar por otros partidos. Ese país que está cansado de ver que la educación y la salud públicas simplemente no funcionan, que está cansado de sacar todos los meses una nueva tarjeta de crédito para pagar las deudas que tiene con las anteriores. Ese que guarda dentro de sí una profunda indignación y una acumulación latente de rabia por que las desigualdades siguen aumentando cada día.
Es que no hay ningún país, ni siquiera nuestro país del orden, que resista al tener que convivir con desigualdades sociales tan aberrantes e indignantes como las que muestra nuestro Chile. Esa convivencia entre dos realidades no es sana y no nos llevará a buen puerto. Desde el país del orden podrán mandar carabineros, tropas y armamento. Tal vez las bestias se calmen por un rato, pero pronto aprovecharán un nuevo estado de convulsión para hacerse notar, y lo van a hacer cada vez con más fuerza.
Chile vive un momento trágico. Que duda cabe, es imperioso ayudar, hay que hacer donaciones y prestarse como voluntario para solucionar las necesidades más urgentes. Pero también es tiempo de reflexionar y de vernos tal cual somos. Sería bueno que junto con la reconstrucción material nos embarquemos en la reconstrucción de nuestra sociedad. Solo de esa forma podremos disfrutar de verdadera “paz social”.

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